Los adultos educamos a los niños a través de las palabras, de estímulos, de nuestros gustos pero también de nuestras actitudes. Convirtiéndonos en un modelo de referencia para imitar, un espejo.
Los niños a su vez complementan su personalidad, modo de actuar, decidir, con base en lo que ven en sus espejos; siendo entonces los niños el reflejo de lo que somos como adultos.
En ocasiones veo reflejada mis actitudes de adulto en el actuar de los niños, si hago ejercicio ellos alistan sus implementos, si leo ellos buscan el libro que leeremos en la noche, si hago una manualidad ellos se integran y lo mismo ocurre si estoy enojada, si levanto la voz ellos levantan la voz, si digo una palabra equivocada ellos la repiten.
Verse reflejado en el actuar de los niños es satisfactorio si el comportamiento es positivo, nos invita a cuidar lo bueno de nosotros mismos para trasmitirles a ellos lo mejor. Si es negativo se “prende una alarma” que hace revisar el modo de comportarse, volver consciente esa acción, reconocerla y tratar de mejorarla.
La relación con los niños nos recuerda la responsabilidad que tenemos los adultos sobre la influencia que existe en la formación de un carácter capaz de disfrutar sus virtudes y reconocer sus defectos.

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